El Mundial de los
discursos conservadores
El Mundial de los
discursos conservadores
El Mundial de 2026 no solo dejó a España como campeón. También dejó una pregunta incómoda: ¿Cómo terminó el mayor espectáculo deportivo del planeta convirtiéndose en una plataforma para la circulación de discursos conservadores? Cuando las emociones propias de la competencia dan paso a la reflexión, es probable que este torneo sea recordado no solo por sus goles, sino también por haber expuesto un fenómeno que excede ampliamente al deporte.
Durante décadas, la FIFA sostuvo que el fútbol debía mantenerse al margen de la política. La neutralidad deportiva se convirtió en uno de los pilares de su discurso oficial: noventa minutos donde las diferencias parecían quedar suspendidas y el balón hablaba por todos. Sin embargo, el Mundial de 2026 volvió a demostrar que esa promesa nunca fue más que una ficción conveniente.
Esta Copa del Mundo no solo se disputó en las canchas de Estados Unidos, México y Canadá. También se desarrolló en conferencias de prensa, tribunas, redes sociales y declaraciones de autoridades políticas. En todos esos espacios comenzó a consolidarse un mismo fenómeno: la circulación de discursos que apelaron al nacionalismo, a la exclusión de quienes son considerados diferentes, a la deslegitimación del disenso y a la construcción de enemigos políticos y culturales.
En esta columna, la expresión discursos conservadores no alude simplemente a una posición partidaria. Se refiere a narrativas que exaltan el nacionalismo excluyente, naturalizan formas de discriminación, restringen la legitimidad de las voces críticas y buscan establecer quiénes pueden ocupar el espacio público y quiénes deberían permanecer en silencio. El Mundial no produjo esos discursos, pero sí les ofreció una vitrina global desde la cual amplificarse.
Los ejemplos fueron numerosos. Donald Trump convirtió el Mundial en una plataforma para reforzar un relato nacionalista coherente con su proyecto político1. Una senadora paraguaya dirigió ataques racistas contra Kylian Mbappé tras un partido del torneo2. Durante el encuentro entre Argentina y Egipto aparecieron banderas de Israel, aun cuando el técnico egipcio celebró el histórico pase a octavos con la bandera de Palestina, trasladando una disputa geopolítica a las tribunas mundialistas. A ello se sumaron campañas de hostigamiento contra futbolistas que expresaron opiniones sobre asuntos públicos y una creciente presión para que los jugadores «se dedicaran únicamente a jugar».
No todas estas controversias tuvieron las mismas causas ni respondieron a los mismos actores. Sería un error reducirlas a una única explicación. Sin embargo, observadas en conjunto, revelan un mismo patrón: el Mundial funcionó como una caja de resonancia para discursos conservadores que encontraron en el fútbol una audiencia global y una capacidad de difusión difícil de igualar.
No fueron polémicas aisladas. Fueron expresiones distintas de un mismo clima político.
Quizás la mayor contradicción del torneo fue la insistencia en reclamar un fútbol «libre de política». Porque quienes exigieron que los futbolistas guardaran silencio rara vez cuestionaron que gobiernos, dirigentes, comentaristas o incluso hinchadas utilizaran el deporte para reforzar identidades nacionales, proyectar posiciones políticas o intervenir en debates internacionales. La neutralidad apareció, entonces, como una exigencia profundamente selectiva.
No se buscó sacar la política del fútbol.
Se buscó limitar quién podía hacer política dentro del fútbol.
El mensaje resultó tan claro como preocupante: los gobiernos podían apropiarse simbólicamente del Mundial; las federaciones, convertir el torneo en un instrumento de influencia internacional; las autoridades políticas, utilizar el campeonato para reforzar sus agendas; las hinchadas, trasladar conflictos globales a las tribunas. Lo que parecía inaceptable era que un futbolista opinara sobre racismo, migración, desigualdad o derechos humanos.
Las redes sociales desempeñaron un papel decisivo en este proceso. No crearon estos discursos, pero sí aceleraron su circulación. Cada partido continuó mucho después del pitazo final mediante algoritmos que premiaron la confrontación, amplificaron la indignación y facilitaron la viralización de mensajes nacionalistas, racistas y excluyentes. En este contexto, resulta significativo que el propio Servicio de Protección en Redes Sociales de la FIFA identificara al racismo como la forma de discriminación más frecuente durante el Mundial de 2026, registrando además un aumento respecto de Qatar 20223. El rival deportivo dejó de ser únicamente un adversario para convertirse, en muchos casos, en un enemigo político o incluso moral.
Sería un error pensar que todo esto ocurrió únicamente dentro del fútbol. El deporte actuó como una caja de resonancia de procesos sociales mucho más amplios. El fortalecimiento de fuerzas políticas conservadoras en distintos países, la normalización de discursos xenófobos y racistas, la creciente polarización política y la construcción permanente de enemigos forman parte de un escenario internacional que encontró en el Mundial un espacio excepcional para proyectarse frente a miles de millones de espectadores.
El fútbol nunca ha sido un refugio aislado de la sociedad. Ha acompañado guerras, dictaduras, procesos de democratización, luchas por los derechos civiles y disputas geopolíticas. No sorprende, entonces, que en una época marcada por el fortalecimiento de sectores conservadores, también los estadios se hayan convertido en espacios donde esas ideas circulan, se reproducen y, en ocasiones, encuentran legitimidad.
Reducir lo ocurrido durante este Mundial a una sucesión de escándalos sería quedarse con la superficie del problema. Lo verdaderamente relevante no fueron las polémicas en sí mismas, sino el clima político que ayudaron a poner en evidencia. Cuando autoridades públicas utilizan un lenguaje racista, cuando los conflictos internacionales se trasladan a las galerías o cuando se intenta disciplinar la voz de quienes juegan, lo que está en juego ya no es solamente el deporte. También lo está la forma en que entendemos la democracia, la convivencia y el lugar que ocupan las voces críticas en el espacio público.
Dentro de algunos años recordaremos quién fue campeón del mundo. Pero es posible que el Mundial de 2026 también permanezca en la memoria por haber mostrado que el fútbol nunca fue solamente un espectáculo deportivo. Es un espacio donde circulan ideas, se disputan sentidos y se reflejan las tensiones políticas de cada época.
Notas de texto
1 BBC News Mundo. “«Cruza una línea roja»: por qué fue tan escandalosa la decisión de la FIFA de suspender la sanción al goleador de EE.UU., Folarin Balogun, tras una llamada de Trump”. 6 de julio de 2026. https://www.bbc.com/mundo/articles/c9d2209yy01o
2 Diario y Radio Universidad de Chile. “Francia y Paraguay condenan los insultos racistas de senadora paraguaya contra Mbappé”. 7 de julio de 2026. https://radio.uchile.cl/2026/07/07/francia-y-paraguay-condenan-los-insultos-racistas-de-senadora-paraguaya-contra-mbappe/
3 FIFA. El Servicio de Protección en Redes Sociales identifica al racismo como la forma más frecuente de discriminación durante la Copa Mundial de la FIFA 2026™. 01 de julio de 2026. https://inside.fifa.com/es/campaigns/no-discrimination/news/proteccion-redes-sociales-media-publicaciones-ofensivas-copa-mundial-2026
Publicada el 22 de julio de 2026