«La fiesta del fútbol»
en un mundo en guerra
«La fiesta del fútbol»
en un mundo en guerra
A poco menos de noventa días del inicio de la Copa del Mundo de Norteamérica 2026, el escenario internacional dista bastante de parecerse a una fiesta. El contexto global actual sugiere algo distinto: un torneo que se desarrollará en medio de tensiones geopolíticas y conflictos armados que atraviesan buena parte del planeta. Lejos de ser un simple espectáculo deportivo, los mundiales han funcionado históricamente como vitrinas donde los países anfitriones proyectan poder, prestigio e influencia a escala global.
A las fricciones diplomáticas entre Estados Unidos y Colombia se suma el endurecimiento de las sanciones a Cuba, que ha profundizado la crisis económica y social en la isla. En México, la captura del narcotraficante Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como «El Mencho», desató recientemente una ola de violencia en Guadalajara, ciudad que será sede del repechaje intercontinental y también de partidos del Mundial.
Todos estos elementos permiten suponer que el Mundial de 2026 podría convertirse en uno de los más tensionados desde el fin de la Guerra Fría. A los conflictos internacionales se suman las controversias políticas que rodean al propio torneo. Durante el sorteo realizado en diciembre pasado, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recibió un polémico reconocimiento entregado por Gianni Infantino, presidente de la FIFA: el llamado «Premio FIFA de la Paz: el fútbol une al mundo», un gesto que generó debate considerando el complejo escenario internacional y las tensiones políticas en torno al propio país anfitrión.
Para México, la organización del torneo tampoco ha estado exenta de dificultades. Los retrasos en las remodelaciones del Estadio Azteca —que se convertirá en el primer recinto del mundo en albergar tres Copas del Mundo— han generado dudas sobre si el recinto estará listo a tiempo para el torneo. A ello se suma un contexto marcado por la violencia del crimen organizado. Un reportaje reciente reveló incluso el hallazgo de cientos de bolsas con restos humanos en fosas clandestinas en las inmediaciones de Guadalajara, evidenciando la gravedad de la situación en una de las ciudades que recibirá partidos del torneo.
En Canadá, por su parte, donde el Mundial se organizará por primera vez, el debate se centra en los costos del megaevento. Una encuesta del Instituto Angus Reid mostró que el 71% de los consultados considera que solo «vale la pena» albergar el torneo si los beneficios superan los costos de organización, mientras que un 54% cree que resulta directamente «inútil» acoger el certamen.
En este contexto, el Mundial también opera como un espacio de soft power, es decir, un ámbito donde la influencia se disputa a través del espectáculo deportivo. La confirmada renuncia de Irán al Mundial 2026, en medio de la escalada militar con Estados Unidos e Israel, evidencia hasta qué punto los conflictos geopolíticos pueden trasladarse directamente al fútbol, alterando incluso la composición del torneo a pocas semanas de su inicio. Al mismo tiempo, gestos como la presencia de figuras globales como Lionel Messi, Luis Suárez o Javier Mascherano en espacios de poder político —como la Casa Blanca— ilustran la otra cara del fenómeno: la utilización de íconos deportivos para reforzar narrativas de liderazgo y prestigio internacional.
Así, más que un simple evento deportivo, el Mundial funciona como una vitrina donde también se disputa poder simbólico a escala global. En ese escenario surgen preguntas inevitables: ¿qué significa celebrar la mayor fiesta del fútbol en uno de los países con mayor presencia militar en el sistema internacional? Y, al mismo tiempo, ¿cuáles son los límites éticos de la FIFA para sancionar a unos países mientras guarda silencio frente a otros?!
Publicada el 2 de abril de 2026