Hay un hedor que baja desde el Norte, y no es solo azufre; es el aroma rancio de la historia repitiéndose. Estados Unidos ha dejado de ser una potencia para convertirse en una parodia grotesca de la Roma decadente. Lo que vemos hoy en Washington no es política, es la fase terminal de una civilización que, al igual que en la agonía del imperio romano, celebra sus excesos sobre sus propias ruinas.
El trono imperial lo ocupa hoy una figura tallada en la vulgaridad. Donald Trump no es un error histórico, es el rostro exacto de su época: un César de alcantarillas que arrastra condenas por abuso sexual y cuyo nombre flota, imborrable, en las listas de Epstein. Es la radiografía exacta del poder en Estados Unidos: una élite que ha borrado la línea entre el vicio y la política, acostumbrada a disponer de la vida y la dignidad ajena con la misma arrogancia con la que firman sus cheques.
Pero la bestia es más peligrosa cuando está herida. Ante el fin irreversible de su era unipolar, el imperio lanza zarpazos de ahogado. No pueden sostener su hegemonía con legitimidad, así que recurren al terror. Por eso financian y aplauden el genocidio sionista en Gaza, permitiendo que se despedacen niños con sus bombas, y al mismo tiempo mantienen sus garras sobre el cuello de Cuba y Venezuela, creyendo que con asfixia económica quebrarán la dignidad de los pueblos soberanos.
¿Qué cortina de humo es lo suficientemente densa para tapar tanta miseria?
La respuesta es la receta milenaria de la dominación: Pan y Circo.
El Mundial de 2026 se erige como el gran montaje distractivo. Los futbolistas saltarán a la cancha convertidos en los gladiadores modernos de este espectáculo global. Aunque cambien las armaduras por camisetas auspiciadas por multinacionales, su función política es la misma: entretener a la plebe para que no mire hacia el palco del César. Cada gol gritado en los estadios norteamericanos servirá para blanquear la imagen de un régimen que exporta guerra y miseria.
Y en la sala de máquinas, aceitando los engranajes, está la FIFA. Más que un organismo deportivo, es un ministerio de propaganda global que ha perfeccionado el arte de la hipocresía. Con un cinismo insultante, nos dicen que «no se meten en política», pero se pliegan con dócil obediencia ante los dictados de la OTAN. Vetaron a Rusia en tiempo récord, pero le extienden la alfombra roja a Israel y a Estados Unidos, validando sus masacres. Su supuesta neutralidad es una farsa; son otro brazo legitimador de Occidente.
Nos quieren vender una fiesta sobre un cementerio. Buscan que el espectáculo de la pelota nos hipnotice, que el ruido de la grada tape el llanto de Palestina y la resistencia del Sur Global. Pero ni todo el neón de sus estadios podrá ocultar la verdad: el emperador está desnudo, manchado de sangre, y Roma ya comenzó a arder.
Publicada el 20 de enero de 2026
Jugada escrita por Jean Flores Quintana