Nunca salí del horroroso Chile, escribió Lihn. Paseando por New York lo debió pensar mil veces mientras no podía pedir unas cervezas o preguntar por ciertos libros. Insistía en decir “Dame una Pilsen” mientras el bartender lo miraba con desconfianza y le daba lo que se le ocurriera. Me pasa un poco lo mismo, aquí en Granada. Esa imposibilidad del lenguaje que tanto le pesó hizo que tuviera que volver a Chile. Como si de tanto escribir y leer en español, se le hubiese agotado la memoria de los idiomas. Nunca salí del horroroso Chile, pienso, cuando pido una pinta en una barra llena de gente que mira con desconfianza al escuchar mi chileno acento. Les devuelvo la desconfianza cuando miro fijo la televisión mientras me como el picoteo que me corresponde al pedir una cerveza. ¿Chileno? Me pregunta el mesero. Sí, le respondo. Ayer hubo votaciones ¿cierto? He visto que ha gana´o la derecha. La ultraderecha, le corrijo, mientras le pido otra pilsen. ¡Que es la misma mierda! me dice, mientras me llena la copa. El mundo va pa´otro la´o, macho. No quería escucharlo mucho, en realidad. No había mirado el celular por lo mismo, durante todo el día. Nunca salí del horroroso Chile, le escribo a mi esposa. No veas Instagram, me responde. No veas nada. Y no tomes mucho. Le pido otra cerveza al mesero. Y otro picoteo. ¿Cuántos años están allá los presidentes? Me pregunta. Y con los dedos le indico cuatro. Que esos cuatro años se pasan volando, me dice. Chileno, unas cuantas otras cervezas y ya, que te olvidas de todo. Y muevo la cabeza diciéndole que sí. Que son cuatro años. Pero se sentirán como el doble. Me tomo la última y pido la cuenta.
Ya afuera, guardo el celular rápido, como si pudiera (o quisiera) pegarme un tiro con él. Casi escondiéndolo. Intento convencerme de que el mundo va para otro lado, mientras camino por las piedras de las estrechas calles de Granada. Pienso en otros países que eligieron igual que Chile y encuentro algo de consuelo. ¿Pero cómo encontrar consuelo en países igual de necios que el mío? Como si cuando era escolar, decirle a mi madre que todo el curso también se sacó un rojo me hubiese evitado la semana sin salir a la calle. Y pienso en Lihn, que volvió al Chile de Pinochet, y no sé si tengo las ganas de hacerlo, de volver al horroroso Chile de Kast. De aguantar esos insoportables cuatro años de noticias y programas de televisión. De declaraciones mentirosas. De políticas mentirosas. Son cuatro años me dijo el mesero, que quizás lleva veinte atrás de la barra y muchos más presidentes que yo. Pero no a uno como éste. No al menos, si es que no tuvo a Franco.
Entro a otro bar. Con mi acento chileno y con pocas ganas de pronunciar bien, pido una cerveza. ¿Pinta? Me preguntan. Sí, respondo, pero no quiero comer nada. Mientras miro el vaso a medio tomar, quiero convencerme que el mundo va a otro lado. Que Chile va para otro lado y ni siquiera me di cuenta o estaba ocupado con cosas que ahora poca importancia tienen. Voy a necesitar un par de cervezas más. Una docena. Ya vamos a cerrar, me dice el mesero. Le pido la última y la cuenta. Salgo y caminando veo el celular. Ganó con casi un 60 por ciento. Miro la calle y me siento medio perdido. Granada en noches asi de oscuras, se convierte en millones de calles angostas con puertas de diferentes colores. Más para un extranjero que ha pensado toda la noche en su país. En una esquina, un grupo habla un español del cual soy ajeno. Ya no quedan bares abiertos a esta hora, pienso. Y la noche avanza y yo nada puedo hacer.
Publicada el 27 de enero de 2026