A pesar de los cambios tecnológicos de los últimos años, los medios de comunicación siguen consolidándose como los guardianes y estructurantes de la esfera pública. Delimitan la agenda, marcan sus ritmos y pausas, deciden lo que se ve y cuánto se ve. Deciden, en definitiva, lo que es posible hablar o no, y de qué manera.
No hay que ser muy suspicaz para darse cuenta de la importancia que tienen los medios en la manera en que como las personas percibimos la realidad social de nuestro país. Desde su surgimiento hacia inicios del siglo XIX y su industrialización, hasta nuestros días, son un soporte fundamental del actual régimen político y guardián del modelo de desarrollo en el que vivimos.
María Olivia Monckeberg, en Los Magnates de la Prensa (2009), hizo una radiografía exhaustiva de la conformación y consolidación de los dos principales gremios comunicacionales del país, que concentran el monopolio comunicacional: El Mercurio y Grupo Copesa. Dio cuenta cómo ambos fueron fundamentales para la instalación narrativa y hegemónica de la dictadura civil y militar encabezada por Pinochet, y en el período de transición fueron salvaguardados económicamente y blindados en su quehacer mediático.
Es aquí donde cobra sentido la definición de Eduardo Santa Cruz (Un periodismo cortesano, 2024): el periodismo es un fenómeno histórico, no existe un periodismo en abstracto. Han existido muchos periodismos dependiendo del contexto, pero ¿Cuál es el periodismo chileno actual? Es un periodismo cortesano que vive alrededor del poder y amplifica sus intereses. Las élites actuales, fundamentalmente el poder económico y el sistema político, tienen cortes, y una de las más importantes es la prensa. Este periodismo actual se ubica arriba en la estructura social y desde ahí mira -y juzga- a la sociedad y a la población.
Pero, ¿qué pasa con los modos de ser y culturas que no responden del todo a esa socialización imperante de modo de vida? ¿Qué pasa con esas culturas que se resisten a ser parte de una sociedad de consumo donde no existe crítica, sino solo consumo para acceder a distintos bienes y servicios?
Un claro ejemplo son las barras de fútbol o como el poder las ha denominado, a través de los medios, policía y política, como ‘’barras bravas’’. Estas expresiones públicas conformadas principalmente por jóvenes de sectores populares, irrumpen con su modo de ser, con su cultura, en el quehacer cotidiano de una ciudad que rige su orden por los tiempos del trabajo y busca un orden tal que respete esa temporalidad institucional, en la que cada ciudadano se integre o a través del consumo, a través del endeudamiento o mediante la pasividad ante el sistema. Pero, ¿Qué pasa con ese modo de ser de las barras que irrumpe en la ciudad, que altera el cotidiano y el orden público?
Mi idea no es plasmar aquí una imagen embriagada de romanticismo revolucionario. Más bien es dar cuenta de cómo ese periodismo cortesano opera como una caja de resonancia que amplifica hechos de violencia para justificar la represión, omitiendo deliberadamente la densidad social y de prácticas que habita en la galería. Al mirar desde “arriba” y reducir al barrista a la figura del “delincuente” o “inadaptado”, la prensa le hace el trabajo sucio al poder: despolitiza el fenómeno y lo convierte en un mero asunto policial.
Esta construcción narrativa no es inocente. Al demonizar las formas de organización popular en los estadios, se busca legitimar un modelo de fútbol -y de sociedad- aséptico, diseñado exclusivamente para consumidores pasivos. El barrista molesta no solo porque a veces ejerce violencia, sino porque su mera existencia colectiva, ruidosa y pasional, desafía la lógica individualista del mercado. Representan una comunidad afectiva que se resiste a ser tratada exclusivamente como cliente.
La emancipación, entonces, no vendrá de la mano de esos grandes consorcios comunicacionales que necesitan del miedo para ofrecer seguridad. La verdadera emancipación informativa pasa por disputar el sentido de estas prácticas, por atrevernos a mirar lo que ocurre en los márgenes sin los lentes del prejuicio de clase. Si seguimos permitiendo que la prensa hegemónica nos dicte a quién temer y a quién odiar, estaremos renunciando a comprender una de las pocas trincheras donde lo popular aún se niega a ser proscrito y domesticado.
Publicada el 27 de febrero de 2026