¿Qué nos pasa cada vez que salimos a jugar a una cancha, cada vez que nos encontramos con un otro? ¿qué nos entrega el fútbol que nos hace volver una y otra vez?
Cada vez que salimos a la cancha, que asistimos a ver un partido, nos invaden una serie de sensaciones, desde angustia, incertidumbre, pena, rabia, alegría, euforia, incluso todas ellas al mismo tiempo.
Ya sea la final del equipo de nuestros amores, un partido de liga amateur o una pichanga en la que nuestras/os amigas/os jueguen en el barrio. Todos estos escenarios comparten un elemento que va a contracorriente para los discursos del rendimiento y perfección de nuestros días, ahí, cada vez que hay alguien dispuesta/o a salir a la cancha, se abre la posibilidad a la falla, al error y a la contradicción.
Nos encontramos en tiempos de discursos higiénicos, donde el error busca ser reducido al mínimo, la estadística, la proyección, la corrección es el horizonte constante amparado por el motor de la “perfección”. La ideoneidad, el “prime” toma forma de rendimiento constante, mentalidad ganadora, una idea de control emocional y coherencia moral.
En este contexto, la presión se vuelve mandato ¿Qué hacemos con el tropiezo? gestionarlo; de todo debe sacarse algo en limpio, nada puede quedar sin aprendizaje, sin mejora. Incluso el futbolista o quien quiera dedicarle su tiempo al fútbol ya no es solo jugador: es ejemplo disciplinario, cuerpo optimizado. Cada gesto parece administrado.
Sin embargo el fútbol irrumpe con una mala noticia, no se puede garantizar la coherencia. Un equipo pequeño derrota a un gigante, el amigo “malo pa la pelota” hace un golazo, un gol produce un abrazo de dos personas que no se hablan hace años, un D10s del fútbol hace un gol con la mano en medio de una invasión en las malvinas, un ídolo decide en un instante no saludar al dictador.
El fútbol, nuestro fútbol, ese juego latinoamericano, desprolijo, de potrero, produce algo que pocas veces en nuestro tiempo tiene lugar: una imperfección que habilita un encuentro con lo nuevo, un desvío a la tiranía de la planificación minuciosa.
Jugar al fútbol, ya sea al 25, al hoyito patá, un mundialito, un arco a arco, nos recuerda la potencia de ir más allá de la táctica entrenada, de la administración de las posiciones en la cancha. El fútbol nos recuerda lo duro, angustiante y al mismo tiempo ético, de aceptar que algo puede fallar. Que de lo que se trata muchas veces, no es de erradicar el error o el desvío, sino que lo importante es equivocarse de la mejor manera posible. Por eso salir a la cancha (en todo sentido) implica algo radical; una disposición a la falla, a la exposición.
Así, mientras proliferan las prácticas de pulcritud, de gestión, de coaching, de orden, de europeización y silencio, el fútbol de barrio, el fútbol latinoamericano nos recuerda que mientras haya alguien dispuesto a salir a la cancha sin garantías, el fútbol seguirá siendo un territorio donde la imperfección no se corrige: se juega. Ahí encontramos un potencial de transformación, un horizonte para dar lugar a lo nuevo, al encuentro con otro/a, al desvío, al abrazo con el desconocido, al gol al último minuto. Por eso volvemos al fútbol una y otra vez, porque en estos tiempos de individualización, ansiamos la sorpresa, la algarabía de un encuentro.
Publicada el 17 de febrero de 2026