Los que tienen mi edad, rondeando los 40, conocimos a Cantona principalmente por los comerciales de Nike en los 2000. Eran los primeros años de Youtube y para aquellos que veíamos la Premier League con los relatos y cantos del Bambino Pons, era casi un regalo divino. Los comerciales de Nike (también Adidas y Pepsi) mezclaban a los que eran los mejores jugadores del planeta en ese momento y era motivo de juntarse con los amigos para ver también goles y jugadas históricas. Y la patada de Cantona al hincha del Palace saltando la publicidad.
Para nosotros, cada vez que veíamos la patada, encontrábamos que estaba muy bien pegada. Claramente no era la primera vez que pegaba una así. Tiempo después vimos una recopilación de sus goles en el Manchester United, y descubrimos que era quién había llevado de la mano a Scholes, Keane, Giggs y el resto, a conformar un equipo que lo ganó todo. El inconfundible cuello de la camiseta hacia arriba les decía a los jugadores rivales que todo era aquí y ahora. Como si se cubriera porque podía llegarle un cuchillazo o ser atacado por atrás en una pelea callejera. Era tener que caminar de noche en el barrio y abrocharse bien las zapatillas. Cantona tenía lo del cuello como sello personal, imitado en canchas de todo el mundo. El Coto Sierra, por ejemplo, que nunca pegó una patada y era un jugador más bien frío, cuando se subía el cuello e iba a patear un tiro libre cerca del área, el equipo contrario y sobre todo el arquero, sabían que la pelota iba a pasar sobre la barrera, directo al ángulo. Pero para Cantona, que reinó en Inglaterra con su gesto característico, el rival debía saber que era matar o morir contra él cuando el cuello de la camiseta estaba arriba. Old Trafford era su imperio. No era darle delicado a la pelota. Era pegar el primer combo en una pelea, tratando de dar otro con la zurda.
Sin embargo, hasta hace poco, noté que cuando lo expulsaron, no reclamó mucho e hizo algo que lo definió para siempre: primero se bajó el cuello de la camiseta y luego vino la patada al hincha rival. Quién pegó la patada no fue Cantona el jugador, sino la persona. No fue el capitán del United, sino que el hombre de a pie, cansado de los insultos racistas de la hinchada rival, quien decidió saltar la publicidad y dar un golpe certero. El Cantona que estaba en la cancha, que pegaba siempre (casi siempre) con la pelota al medio de la disputa, había sido expulsado. Y cuando supimos que sus abuelos habían luchado por derrocar a Franco, entendimos que quien agredió al hincha fue el Cantona que defendía su honor, historia y convicciones políticas. “Patear a un fascista es lo mejor que he hecho en mi vida” dijo poco después. “Me arrepiento de no haberle pegado más fuerte”. El jugador Cantona fue suspendido nueve meses de cualquier competición, pero el hombre Cantona se hacía leyenda. No solo del club o del fútbol, sino que es hasta hoy, una consigna. Una bandera. Una forma de ver la vida. Cuando no dejan de aparecer futbolistas que olvidan el barrio de donde vienen y abrazan movimientos de ultraderecha, Cantona sigue pateando fascistas, con el cuello de la camiseta abajo, porque entendimos que así, más atemoriza y más peligroso es.
Publicada el 5 de marzo de 2026